Mi madre


Sólo al final de su vida, mi madre consiguió que la llamasen "Amparito" como lo hacía su padre con cariño cuando era pequeña. El resto del tiempo, siempre la llamaron Elisa -su segundo nombre-.



El motivo por el que a mi abuelo le resultaba tan entrañable este nombre, era su pasión a la música. Tocaba el clarinete y el pasodoble Amparito Roca era, sin duda, su favorito.


Foto del libro de familia

Durante mucho tiempo, nunca confesó que no le gustaba ese nombre y que ella consideraba que el suyo era Amparo, aunque no se reveló en ningún momento a semejante tormento y asumió dolorosamente su destino.
A su primera hija no dudó en ponerle el preciado nombre que, curiosamente, no fue asumido por su vástago con tantas alharacas como a ella le producía escuchar la pronunciación de aquellas tres poderosas sílabas.  
Amparo -hija- en más de una ocasión ha tenido que escuchar cómo personas de más allá de los Pirineos  que estaban estudiando nuestra lengua, no asumían que un nombre femenino terminase en "o". Decidiendo llamarla con su apropiada terminación en "a".  


Mis padres por el bulevar


A los treinta años

Nunca le han gustado demasiado las procelosas aguas marinas por el peligro que albergan y, por esta razón, me pareció conveniente, para alejar miedos atávicos, pintarla feliz en el medio acuático.


Años después, en un arrebato de clasicismo, la dibujé con grafito, barra Conté y sepia, de la manera más tradicional que me fue posible.
Disculpen los reflejos del cristal sobre el dibujo.



A finales de los años ochenta, cuando tenía un lenguaje pictórico muy consolidado -y que llegó a ser algo asfixiante-, la pinté en su entorno habitual.


En el último cuadro que la he pintado, andaba por los ochenta y tantos. Por aquellas fechas, era la más inteligente del Centro de Día al que sigue yendo actualmente.


Reconozco que son pocas imágenes para tratarse de una de las personas más importantes de mi vida; pero -y que sirva de disculpa- a ella nunca le gustaron demasiado los retratos de cualquier índole.
Se nos ha ido en Carnavales, que tanto la ilusionaron de niña.

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