martes, 9 de agosto de 2011

manueldomingocastellanos

    Quiero mostraros escuetamente mi trayectoria como pintor, por si tenéis a bien contemplar las imágenes de mis cuadros, que las veáis con más proximidad.
   Todo comenzó cuando en los albores de los ochenta -aquella época que, aunque parezca una paradoja, estaba cargada de política y movida- todos teníamos deseos de expresarnos, y más aún los que habíamos concluido unos estudios pensados para ese fin.
   El cómic tenía una gran repercusión en la sociedad y, en mi caso, el contacto con el que hoy en día es uno de los más ilustres dibujantes de cómic de nuestro país, me incitó definitivamente a realizar una pintura marcada por la línea y el color plano.
   Abandoné la pintura de sesgo fotorrealista que venía haciendo mientras estudiaba los últimos cursos en la Facultad de Bellas Artes, para zambullirme entre arabescos de colores brillantes.
   Curiosamente, este periodo -como los que posteriormente he tenido- duró aproximadamente una década.

   La progresiva necesidad de experimentar con la textura se desencadenó un verano, tras un viaje a Turquía.      No encuentro la relación explícita, pero así ocurrió.
   Para mí, los noventa comenzaron llenos de materia dorada o plateada.
   La línea desenfadada que construía las imágenes a principio de los ochenta, se había hecho más seria con el paso de los años y, a la vuelta del imperio otomano, se concretó en algo casi fotográfico que hizo que me interesara por ese medio artístico, hasta ahora ignorado por mí.
 

  De la seducción por la cámara oscura-la huella de la luz-, nació un afán por descifrar las posibles relaciones entre fotografía y pintura, que cristalizó en la tesis doctoral que preparé durante los primeros años noventa -la tecnificación del boceto. Jardiel, Delacámara y Oscar G Benedí-.
   La leí a mitad de la década y acabó siendo una de esas cosas de las que estás completamente satisfecho; tanto por el periodo de investigación y su resultado final, como por la acogida del tribunal.


   Cuando me desligué definitivamente de la tesis -ese momento en el que te das cuenta de que ya no sólo te pertenece a ti- tuve una convulsión en mi pintura y necesité renunciar a su cariz fotográfico, arrastrándome hacia una pintura casi abstracta donde el referente se escondía detrás de una textura que quería ahogarlo.
   En esta etapa recuperé elementos gráficos anteriores y la textura se desbordó, untando el cuadro de grosores hasta entonces desconocidos en mi trabajo; quizá era el reflejo de cierta confusión ante los caminos que estaban apareciendo en el mundo del arte, donde la pintura quedaba relegada a un comparsa de otro tiempo. Concluyó a comienzos del nuevo siglo.


   Con el Nuevo Siglo volví a ser decididamente fotográfico, con algunas imágenes muy cercanas a lo que se entiende hoy por realismo, pero mediatizadas por un color muy alejado de la representación tradicional. En esta década experimente con distintas conjugaciones entre materia, color y línea narrativa y resultó ser muy fructífera y bastante estable.


   En la actualidad, la materia quiere sobresalir menos -en cuanto rugosidad y volumen-, adaptándose a una estructura más nítida y armoniosa, fiel al referente que la sustenta.